El niño y la Luna
–Papá ¿por qué brilla tanto la luna?
–Escucha hijo, hace muchos años, cuando todavía eran pocos hombres los que habitaban el planeta, vivía un niño tan listo y curioso como tú. Estaba enamorado de la Luna y cada noche, se sentaba a mirarla con los ojos llenos de ilusión y deseo. Por aquel entonces, la Luna, era Luna llena todas las noches, nunca menguaba y acudía con todo su esplendor a su cita con él. Una madrugada, cuando toda la aldea dormía, el niño despertó sobresaltado y vio que la luz que bañaba su cabaña era más tenue que de costumbre. Salió fuera y descubrió, que a su amiga nocturna le faltaba un pequeño trozo, como si la hubiesen mordido. Volvió a la cama muy triste, pero ansioso de que pasasen la noche y el día lo más pronto posible para ver si la Luna volvía a ser la misma. Pero no ocurrió, es más, el mordisco crecía y crecía cada madrugada y el niño angustiado veía cómo su compañera de sueños iba desapareciendo, hasta que solo quedó en el firmamento una leve y blanca sonrisa. El niño, pensó que no podía quedarse con los brazos cruzados mientras sus sueños se desvanecían y decidió ir a verla. Cogió una cuerda muy larga y le ató un gancho a su extremo. Anduvo durante horas por una llanura enorme y cuando estuvo bajo la Luna, lanzó su cuerda con todas sus fuerzas una y otra vez hasta que consiguió pescarla. Trepó con sus pequeñas manos por aquella cuerda casi infinita hasta su amiga.
–Papá, ¿el niño no tuvo miedo de subir tan alto ?
–No hijo, era un niño muy valiente y estaba enamorado de ella; Entonces, tan lejos de casa, le preguntó por qué dejó de acudir redonda a sus citas. La Luna miró al niño con ternura y le contestó: – Soy vieja y estoy triste, necesito a alguien como tú para que me cuente cuentos y pueda lucir de forma completa cada noche –. El niño prometió que le contaría todos los cuentos del mundo, si con ello podía salvarla. Quince días estuvo contándole todos los cuentos que había oído en la aldea y cuando la Luna volvió a estar llena de luz, descendió a la Tierra para contemplar su obra. Al llegar a su aldea, el cansancio le pudo y durmió otros quince días sin parar. Al despertar comprobó desolado que Ella había vuelto a convertirse en aquella ridícula sonrisa y que tendría que subir una y otra vez para que brillase espléndida por lo menos una vez al mes.
–Papá, ¿qué pasó con el niño?
–Creció y se hizo mayor. Cuando ya no tuvo fuerzas para trepar por la cuerda, le enseño a su hijo todos los cuentos que sabía para que continuase con su obra. Aquel anciano que resucitaba a la Luna una vez al mes, fue nuestro antepasado y la tradición se ha transmitido de padre a hijo hasta hoy.
–Papá, ¿ por qué lloras ?
–Lloro, porque tienes pánico a las alturas.
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jejeje
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