Las horas privadas del día surgieron de la caja de madera de abedul, aquella que mi abuela trajo al venir de su viaje a Hamburgo. Recuerdo que al llegar al aeropuerto repartió los bombones que traía en el bolso entre mis hermanos y yo. Eran pequeñas bolas envueltas en papeles de colores brillantes, que al abrirlos, el chocolate se desmenuzaba un poco y caía entre los dedos.
En aquella caja guardo alguno de aquellos papeles. Cuando la nostalgia llama a mi puerta, los abro y respiro el tenue olor que aun conservan, y pienso, qué mierda nos ocurre en la vida para que no seamos capaces de sentir
felicidad con tan poco, cómo lo hacíamos en la infancia.
¿Qué mierda se nos rompe en las entrañas?
viernes, 30 de octubre de 2009
bolas de chocolate
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